jueves, 8 de agosto de 2013


CUENTAME UN CUENTO QUE ME AYUDE A DORMIR

El punzante dolor que nacía de su pecho se tornaba cada vez más intenso.  Ángela respiró hondo y cerró sus ojos soportándolo con resignación.  Ya pasaría, siempre era igual.  Tardó unos segundos en recuperarse y supo que no podía postergar la despedida.   

En el cuarto contiguo sus hijos discutían sobre el inminente traslado a Buenos Aires, empecinados en someterla a esa cruenta operación. Es por tu bien mamá, le decían con vehemencia y se enojaban ante su negativa recriminándole su falta de cooperación.  Qué entendían ellos, pensó Ángela con cierta tristeza. A sus ochenta años de edad, ningún médico, por más ilustrado que fuera, le diría cómo y cuándo emprendería su viaje hacia el más allá.  Que ilusos creen que encerrándome en una impersonal habitación de esas frías y costosas clínicas privadas me ayudarían. No entendían nada, era una pena que no se dieran cuenta que lo que ella necesitaba era sentir el sol en sus mejillas, absorber el aroma silvestre que nutría su alma; y el mar… siempre el mar.

Estaba resuelta; no se entregaría. Con suma dificultad se puso de pie y sigilosamente se dirigió a la puerta de salida.  Se detuvo un segundo al escuchar a sus hijos y nueras intercambiando opiniones acaloradamente.  Sacudió su cabeza preguntándose porque les costaba tanto comprender y dejó la casa.

Era una hermosa tarde de octubre. El sol brillaba en lo alto y una brisa fresca y reparadora regaba los alrededores de una fragancia salina y agreste.  Ángela sonrió sintiéndose mucho mejor.

Paso a paso, sin apuro, emprendió el camino hacia el mar.  Le tomó más de la cuenta recorrer los trescientos metros que separaban su pequeña casa de los acantilados. Al llegar a la cima se detuvo un segundo para descansar.  Desde allí lo contempló emocionada, había temido tanto no poder despedirse.  Para ella todo en él era misterio, inmensidad, lejanía.  Lo entendía vencedor del tiempo y poseedor de secretos milenarios que jamás revelaría.  Entre sus crestas intuía que cargaba con la inmortalidad de su esencia y una soledad tan profunda que ni los sueños eternos de toda la humanidad alcanzaba mitigar. 

A su derecha se encontraba la senda que conducía  a la playa.  Se acercó y tomándose de un improvisado pasamano, fue descendiendo uno a uno los peldaños.  Cuando por fin sus pies tocaron la arena, se sentía exhausta.  Con los últimos restos de fuerza que le quedaban se acercó a las rocas que descansaban al pie del acantilado.  Por primera vez las lágrimas asomaron en sus ojos.  Como si él lo intuyera, se presentó de traje verde azulado apenas ribeteado por finos hilos plateados que titilaban intermitentemente, saludándola.  Se mostraba sereno, apacible, envuelto en un manto de melancolía que logró doblegar toda su bravura. 

Ángela respiró lo más hondo que pudo y se recostó contra la roca entregándose a su magnetismo.    Agradeció en silencio que la brisa fresca le acariciara el rostro y trató de retener en sus débiles pulmones todo su perfume.  Cerró sus ojos para no volver a abrirlos. Estaba cansada, demasiado cansada.
 
-          Cuéntame un cuento que me ayude a dormir, - susurró.

Un murmullo rítmico y parejo se apoderó de sus oídos trayéndole historias de corsarios y piratas; de doncellas que le encomendaban su amor; de barcos fantasmas que vagaban en busca el descanso eterno. Transportada, se sintió inmersa en los vaivenes del tiempo.  Entonces lo soñó de un blanco resplandeciente y se vio caminando sobre su oleaje.  Bajo sus pies un rugido embravecido le absorbió hasta el último destello de temor.  Sus infinitos brazos la acunaron y ella se dejó llevar, se dejó guiar.  Su balsa transitaba serena.  Sonrió complacida al ver que estaba pronta a llegar a la otra orilla.