jueves, 8 de agosto de 2013


LEGADO
  
El agobiante calor que abrazaba la ciudad no alcanzaba para templar el frío de su alma.  La tarde ya había caído cuando finalmente Esteban ingresó a su departamento.  Sentía estar atravesando el peor y más triste día de su vida y el paso de los minutos, las horas, solo aumentaban el vacío y la soledad que lo abrumaban. 
 
Abatido, sintiéndose inmerso en una densa penumbra se dejó caer en uno de los sillones que vestían la sala.  El entierro había tenido lugar esa misma mañana y Esteban todavía no lograba asimilar que ya no volvería a ver a ese hombre a quien nunca comprendió; a ese hombre que siendo su padre nunca fue capaz de comprender los intereses de su único hijo varón.  Ese hombre soñador que gastaba los pocos pesos que tenía en su única pasión: Los libros.
Esteban respiró hondo y dejó caer su rostro entre sus manos por unos segundos.  Al levantar la vista, se topó con lo único que su padre había sabido legarle.  Ocupaban tantos estantes como pisos tenía el edificio donde vivía, lo cual no era poco.  Dejando momentáneamente de lado los resabios de su pérdida, recorrió con la mirada los lomos de los más variados autores.  Había ejemplares de tapas duras y blandas, de bolsillo y grandes volúmenes de colección.  Los clásicos mezclados con los conocidos Robin Hood.
Un universo se abrió ante sus ojos y atraído por los secretos que esas páginas encerraban se acercó.  Tomó un libro al azar, como si al hacerlo buscara las respuestas que en vida de su padre no supo hallar.  Lo ojeó y una sonrisa brotó de sus labios al percibir el olor de su padre entre esas páginas amarillentas.  Lo dejó en su sitio y escogió otro de vivos colores.  Conmovido, los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar las noches que sentado al borde de su cama, su padre le leía con voz ronca y profunda las andanzas de D´Artagnan y los tres mosqueteros. Embrujado, se arrodilló junto a la biblioteca y ya sin poder detenerse fue tomando una a una las obras. 
Pasó toda la noche entre aventuras, historias y poesías, dejando que el aroma a encierro colmara su nariz; que la poesía avivara su espíritu; que los mosqueteros lo arrastraran a otros tiempos donde en compañía de su padre enfrentaban a los monstruos de la noche.

Finalmente se durmió sabiéndose acompañado.


Autor:  María Laura Gambero
Imperfectas Soledades - Ediciones Baobab.
Septiembre 2004